Sangre y asfalto


 

 

Sangre y asfalto: 135 días en las calles de Venezuela

Carol Prunhuber

Kalathos Ediciones, 2019

 

Sangre y asfalto ha sido posible gracias a la generosidad y la solidaridad de muchos. Su autora Carol Prunhuber — apoyada por la también escritora Milagros Socorro y la historiadora y antropóloga Elizabeth Burgos— y un grupo de 17 fotógrafos excepcionales han recogido en un libro el testimonio detallado de esos días de lucha y la naturaleza criminal del régimen al que retaron. También contribuyeron desinteresadamente los editores, diseñadores, correctores y la agencia EFE de noticias.

Es un monumento a la memoria de las víctimas de la brutal represión del régimen durante las protestas del 2017, un libro cuyo fin es preservar la memoria de lo ocurrido, y honrar la vida de quienes fueron vil y absurdamente asesinados, un libro para acompañarnos los venezolanos, y también tender una mano y una caricia empática a los padres, familiares y parejas de las víctimas. 

 


 

 

Reseña

Reseña

Entre el 1 de abril y el 15 de agosto de 2017, estalló en Venezuela un movimiento de protestas contra el régimen chavista-madurista de una intensidad inédita en la historia de ese país. Fue la última gran rebelión ciudadana, en un intento heroico por salvaguardar la democracia en contra del totalitarismo. Durante esta gesta épica, les fue arrebatada la vida a cientos de ciudadanos —en su mayoría jóvenes estudiantes—, hubo miles de personas detenidas y cientos de heridos graves.

En Sangre y asfalto, se escucharán las voces que fueron silenciadas por las balas. El lector podrá seguir la progresión de hechos cada vez más dramáticos e intensos. La autora nos sumerge en el recorrido mismo de las marchas de protesta junto a los manifestantes, quienes, apenas protegidos por frágiles escudos de cartón y máscaras antigás de fabricación doméstica, enfrentan con arrojo inaudito el poder bélico y de fuego de las fuerzas sociales y paramilitares.

Fueron cuatro meses durante los cuales la ciudadanía hizo don de su persona y, cual coro de tragedia griega, expresó la cólera de una nación traicionada, saqueada, despojada por una dictadura que sin pudor prescindió de toda máscara democrática.

Si las voces de los participantes nos introducen en el vértigo de la acción, las fotografías e imágenes retratan la naturaleza criminal del régimen, testimoniando la asimetría entre las fuerzas antimotines apertrechadas con armas de guerra y sólidos uniformes de combate y la precariedad e indefensión de los manifestantes.

El gran mérito de esta obra es el haber recogido en un mismo documento la magnitud de los acontecimientos, pues como la memoria suele ser volátil y frágil, autora y reporteros gráficos fungen de protectores de la historia.

Elizabeth Burgos. 

 

Hoy en Venezuela hay un pueblo decepcionado, que ha visto cómo los dirigentes chavistas entregaron el país a una fuerza extranjera e instauraron un modelo totalitario inspirado en el cubano, aplicando a sangre y fuego la visión de Fidel Castro. La imposición de la exigüidad de los medios básicos de existencia forma parte de la instrumentalización que persigue volver dócil a la sociedad entera, y el que no esté de acuerdo «que se vaya». Chávez, en un discurso en La Habana en 1994,50 lo expresó de manera clara y contundente: su proyecto era fundar «una sola nación latinoamericana», emulando el modelo cubano, en el cual las Fuerzas Armadas Revolucionarias constituyen el núcleo de poder que defiende al «pueblo». En su proyecto estratégico de largo alcance, declaró necesitar entre 20 y 40 años: la experiencia castrista era el ejemplo. La mejor muestra la está dando hoy Nicaragua, cansada del totalitarismo «revolucionario», donde el pueblo ha osado reclamar libertad y lo está pagando con la sangre de sus jóvenes.

—tomado de: Sangre y asfalto: 135 días en las calles de Venezuela


 

Los fotógrafos

Los fotógrafos

Anthony Ascer Aparicio (Caracas, 1993)

Gabo Bracho (Caracas, 1982)

Juan Brito Arboleda (Caracas, 1981)

Francisco Bruzco (Carúpano, 1993)

Lázaro Enmanuel De Sousa Castro (Santa Elena de Uairén, 1995)

David Dittmar (Caracas, 1988)

Régulo Gómez (Caracas, 1988)

Miguel Gutiérrez (Bogotá, 1983)

Efrén Hernández Arias (Caracas, 1980)

Carlos Enrique Landaeta Benedetto (Barcelona, 1976)

Gabriel Osorio (Caracas, 1970)

Iván Ernesto Reyes (Maracay, 1993)

María Cecilia Peña (Caracas, 1994)

Rayner Peña R. (Caracas, 1996)

Guillermo Suárez (Caracas, 1975)

Vanessa Tarantino (Isla Margarita, 1997)

Francisco Javier Touceiro Rodríguez (Caracas, 1987)

 


 

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    SANGRE Y ASFALTO
    CAROL PRUNHUBER
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Entrevista de Nelson Rivera a Carol Prunhuber

Nelson Rivera, Director del Papel Literario de El Nacional, entrevista a Carol Prunhuber a raíz de la publicación en España  del libro "Sangre y asfalto" por Kalathos Ediciones.

 

Sangre y asfalto narra 135 días de violencia asesina en contra de venezolanos indefensos. ¿Qué desafíos ciudadanos y literarios representó escribirlo?

—Había seguido con atención y horror la represión de las protestas del 2014. Luego la esperanza ante la elección de una nueva asamblea en el 2015 y la impotencia ante los atropellos del régimen a la voluntad popular. En 2017 las historias y las imágenes de la gente en las marchas me estremecieron. El coraje y la determinación de un pueblo por recuperar su libertad, los enfrentó a una maquinaria bélica y a grupos criminales como los colectivos, con un arrojo que día a día cobraba una dimensión épica. Decidí archivar cada testimonio para salvaguardar esas historias para un futuro. Ante la intensidad de los eventos me pregunté: ¿qué puedo hacer desde la distancia por mi país? Preservar la memoria, documentar, proteger todas esas voces, esos gritos y llantos en un libro para que en el futuro los verdugos no nos cambien la historia. Y en el presente tengo la esperanza de que el lector crea y le importen lo suficiente estos relatos de sangre y fuego para que levante su voz a favor de este pueblo que muere víctima de la violencia diaria. Este fue mi desafío ciudadano.

En mayo 2017 vino el desafío literario. Lo único que tenía claro era que mi meta era hilvanar los testimonios para contar la historia de cientos de protagonistas. Quería narrar una crónica viva, cruda, llena de emociones primordiales. Pero, ¿cómo organizar esa avalancha de información en una narración coherente que se leyera como lo que fue: un hito monumental en la historia del país? Una vez que opté por la narrativa diaria, el desafío fue cómo describir la violencia ejercida sobre la población sin que resultara monótona por lo repetitivo. Sin embargo, cada historia desgarradora reflejaba el sufrimiento de todo el país. Lo individual se volvió colectivo. Convivir durante un año con esos relatos, con esas fotos, con esos rostros llenos de alegría, ahora congelados en un pixel digital, fue como si hubiese estado allí. El generoso aporte de 17 reporteros gráficos me permitió ahorrar palabras y dejar que las imágenes de sus protagonistas hablaran, que contaran sus vivencias, sus sufrimientos y sus miedos, su valentía y su victoria, su compasión y su solidaridad.

Luego de haber escrutado los hechos de 135 días consecutivos, ¿es posible obtener alguna caracterología de la violencia del poder? ¿Es improvisada, selectiva, limitada?

—Es claro que no hubo improvisación, cada etapa estaba planificada. Había que crear miedo, aterrorizar a la población para que regresara a sus casas. La violencia se fue incrementando con ese fin. Primero, fue la represión antimotines para dispersar las manifestaciones: bombas lacrimógenas, gas pimienta, la ballena. Hubo heridos, pero la gente seguía saliendo cada vez más. Y por las noches continuaban con cacerolazos. A los seis días, mataron a Jairo Ortiz, un joven de 20 años de edad, sin ninguna razón. Sacaron a los paramilitares y a los pocos días mataron a dos jóvenes más, luego tres, cuatro, hasta sobrepasar el centenar. Todo se volvió mortífero: lanzaban las bombas lacrimógenas horizontalmente destrozando los pechos de los muchachos, a los chorros de agua les subieron la presión para hacer más daño, a los fusiles de perdigones los “envenenaban” con metras, tuercas y balines para que fueran letales, disparaban a la cabeza y al tórax con intención de matar. Y como toda esa violencia no detenía las protestas, golpearon, humillaron, asaltaron, amenazaron, mientras en las mazmorras los niveles de tortura, aprendida de los cubanos, buscaban quebrar, vejar y dejar secuelas.

Usted es una experta en la lucha del pueblo kurdo. Es autora de un libro fundamental sobre el tema, Pasión y muerte de Rahmán el Kurdo. ¿Existen paralelismos o semejanzas entre las violencias padecidas por kurdos y venezolanos?

—Sí. Los kurdos también han sido acosados por regímenes totalitarios dispuestos a destrozar su cultura e identidad a punta de balas; han sido desplazados de sus tierras ricas en minerales, fuentes de agua y agricultura. Considerados ciudadanos de segunda, los han mantenido sin servicios básicos, educación y sin futuro. Han tenido que irse hacia Europa y América del Norte para huir de la miseria, la persecución política y la muerte.

—¿Es usted una escritora de causas, concentrada en estudiar la violencia del poder?

—No diría que soy una estudiosa de la violencia del poder. La indiferencia y el silencio internacional en torno a la opresión es lo que me mueve a contar estas historias. Me conmueven aquellos que no tienen voz, que no logran que los que viven en democracias plenas escuchen su sufrimiento. Siempre creí en la justicia social. Comprobar que aquellos que toda la vida se llenaron la boca con críticas a las dictaduras, a la violencia hacia el más vulnerable, ahora son indiferentes, son “neutrales”; es decir, apoyan a los que matan, torturan, encarcelan, saquean las riquezas mientras la gente sufre, condenada al hambre y a la persecución por afinidad ideológica y también porque sacan provecho económico.